No podemos seguir viviendo a la deriva en un entorno que se transforma constantemente debido a corrientes culturales, morales y conductuales, además de idiosincrasias ajenas a nuestra esencia. A pesar de que somos un país multicultural, debemos rescatar la crianza y las enseñanzas que nos dejaron nuestros antepasados; de lo contrario, corremos el riesgo de perder nuestra identidad como nación panameña.
Es lamentable la información que circula a diario en los medios de comunicación, en las redes sociales y en las mismas calles que transitamos. Presenciamos con frecuencia a personas actuando de forma irracional o violenta; la mentira se ha normalizado y la confianza mutua se ha desvanecido. Se perdió el valor de la palabra empeñada y, ante las dificultades, nadie asume su responsabilidad. Esto me recuerda lo descrito en Rut 4:7: en el antiguo Israel, para confirmar una transacción o traspaso, la costumbre dictaba que una persona se quitase la sandalia y se la diera a la otra parte. Ese gesto simple servía como prueba irrefutable de un compromiso.
No debemos confundir los valores morales con la moda ni con las tendencias de comportamiento. La moda es un flujo pasajero que nos arrastra en una sola dirección, muchas veces solo por el deseo de ser aceptados en un grupo. Los valores, en cambio, se aprenden en el hogar. Aunque hoy existan conflictos de identidad sobre lo correcto y lo incorrecto dentro de las familias, debemos recordar que esa dinámica interna impacta directamente a toda la sociedad.
Para hacer la diferencia en este mundo cambiante, es indispensable tener claridad sobre quiénes queremos ser. Necesitamos aprender a gestionar nuestras emociones, cuidar la salud mental y mantenernos actualizados. Asimismo, es clave evaluar con quiénes nos relacionamos en los ámbitos laboral, social y espiritual, pues esas influencias afectan directamente nuestro desarrollo personal y profesional. Como bien dice el refrán popular: «Dime con quién andas y te diré quién eres».
Los cambios son positivos siempre que no vulneren nuestros principios morales, la salud, la armonía familiar ni la paz de conciencia que nos permite dormir tranquilos. Estos son factores cruciales que debemos ponderar al tomar decisiones, ya que de ello depende el bienestar del hogar y la prevención de situaciones como el acoso escolar en nuestros niños.
A menudo se escucha hablar de personas que anhelan la fama sin importar el precio. Lo trágico es que esa ambición desmedida corrompe sus valores y les resta el respeto que merece una persona de bien; con el tiempo, terminamos viéndolas subir y bajar escaleras en las fiscalías. La avaricia, la deshonestidad y el oportunismo convierten a cualquiera en una persona no grata. No se logra hacer la diferencia dejándose llevar por espejismos porque, como bien dice el refrán: «No todo lo que brilla es oro».
Ya que vivimos rodeados de influencias externas, pérdida de valores y transformaciones aceleradas, debemos mantenernos firmes, sin dejarnos arrastrar por este entorno. Al final de la vida, la gran pregunta que debemos hacernos es: ¿cuál fue nuestro legado en la Tierra?
El autor es doctor en Ciencias Empresariales.

