Para ellas, el rosado, las muñecas, los vestidos y los lazos. Las carteras, los tacones, la cocina y los hijos. Para ellos, el azul, los balones y las zapatillas. El fútbol, las finanzas, los carros y los tragos. Para ellas, que se sienten con las piernas cruzadas y sonrían. Para ellos, que no pueden llorar y que deben ser fuertes. Para ellas, educadoras, secretarias, psicólogas, amas de casa. Para ellos, ingenieros, médicos, programadores, hombres de negocios.
Todo esto porque, aparentemente, cuando utilizamos los conceptos de sexo femenino o masculino ya no nos referimos a las características anatómicas y fisiológicas que los diferencian, sino a dos adjetivos que nos sirven para categorizar, literalmente, todo lo que hay a nuestro alrededor. Tal vez nos tomamos muy a pecho cuando en la clase de español nos enseñaron que “el carro” es masculino y “la cocina” es femenina.
Tendemos a pensar que la palabra feminismo se trata sobre las mujeres, cuando realmente se trata sobre igualdad de oportunidades, en la que el rol de los hombres es clave. Incluso me atrevo a decir que, sin contar la procreación, este es uno de los pocos casos en los que realmente necesitamos a los hombres. No podemos terminar de empoderar a las niñas y a las mujeres, a menos que involucremos a los niños y hombres.
Porque no es solo nuestra lucha, es de nosotras y es de ellos. Debemos reconocer que este tipo de categorización no solo lastima a las mujeres, los hombres también se ven afectados.
Estas categorizaciones crean expectativas para los hombres, que muchas veces van en contra de su naturaleza humana, que al final van por encima de sus características masculinas. Porque entendemos que la masculinidad no se relaciona con ser superior a la mujer en ningún ámbito. En tal caso, eso se llamaría machismo , y esto definitivamente no es lo mismo.
Necesitamos a los hombres, porque sé que si todas las niñas tuviesen un padre que las empodera como lo hizo el mío, la historia sería diferente. Porque cuando los hombres valoran lo que traen las mujeres a la mesa nos motivan para atrevernos a enfrentarnos a la lucha por la igualdad de género. Porque cuando los hombres alzan la voz por las mujeres están un paso más cerca de liberarse de los estándares errados que definen la masculinidad, soltarse de las cadenas que les impiden expresarse, y por fin, ser libres.
Lo que categoricemos para ellas y para ellos depende de ellos y ellas. Ellos, los padres, los jefes, los amigos. Ellas, las madres, las jefas, las amigas. Juntemos esfuerzos, dejémonos de categorías. Juntemos los colores, y hágase el violeta.
El autor es especialista en desarrollo internacional.