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Herederos del menosprecio: el país que nos enseñaron a subestimar

La vida, con su buen sentido del humor, a veces te lanza una escena aparentemente simple y cotidiana, pero que te deja con la cabeza dando vueltas. Me pasó hace poco: tuve dos reuniones el mismo día, completamente distintas entre sí. En la mañana, una formal, de esas con café, corbata invisible y presentaciones con gráficas y números en la pantalla; y otra más relajada, con amigos, buena conversación y una cerveza como testigo. Lo curioso es que en ambas yo era el único panameño en la mesa. Y lo verdaderamente poderoso fue escuchar cómo los demás hablaban de mi país.

Gente de distintas partes del mundo comentaba lo bien que les ha tratado Panamá. Decían cosas como “este país me dio una oportunidad que no encontraba en el mío” o “aquí me siento tranquilo, hay calidad de vida, puedo aportar”. Incluso uno dijo que hasta el caos panameño tenía su encanto… cosa que todavía estoy procesando.

Y mientras los escuchaba, me vino un pensamiento un tanto incómodo: ¿por qué nosotros, los panameños, no hablamos así de nuestro país? ¿Por qué es más común oír “esto aquí no sirve”, “el servicio es un desastre” o el clásico “eso seguro lo hizo un extranjero, por eso quedó bien”? Algo no está bien cuando necesitamos que venga alguien de afuera a recordarnos lo que tenemos frente a nosotros.

Investigando más sobre el tema, y desde la psicología social, esto tiene nombre: se trata del efecto del espejo social, un fenómeno según el cual la manera en que creemos ser vistos por otros moldea fuertemente nuestra autoestima colectiva. Encontré escritos de la psicóloga Susan Fiske, de la Universidad de Princeton, que explican cómo y por qué los grupos subestiman sus propias cualidades cuando sienten que sus logros son ignorados o minimizados. Cuando ese espejo se construye con décadas de prejuicios, desigualdad y la idea de que “lo de afuera es mejor”, terminamos repitiendo esa narrativa y creyéndola como si fuera una verdad absoluta. Ese proceso deriva en una forma de baja autoestima colectiva, especialmente en países con historias coloniales, de imperialismo o de alta desigualdad, como el nuestro.

No estoy diciendo que vivamos en un mundo de arcoíris y promociones eternas de 2x1. Tenemos mucho por mejorar, eso nadie lo niega. Pero también tenemos cosas que funcionan: gente trabajadora, creatividad en diferentes industrias y talento que se desborda, aunque a veces no lo sepamos empaquetar o “brandear” bien. Debemos dejar de asumir que todo lo nacional es sinónimo de mediocridad. O que, si algo salió bien, es porque un gringo o un europeo metió la mano.

A veces pienso que el problema no es lo que somos, sino cómo nos contamos como país. Porque mientras nosotros estamos ocupados en sacarle defectos a Panamá, hay miles de personas que han hecho de este su hogar. Lo adoptan, lo recomiendan, lo defienden. Y no es porque estén ciegos, sino porque han aprendido a ver lo que vale.

Quizás lo que necesitamos no es otro eslogan de turismo, sino una conversación más honesta —y más amorosa— sobre quiénes somos. Mirarnos sin filtros, pero también sin autoflagelación. Escuchar más a quienes llegan con ojos frescos y menos a esa vocecita interna que repite que no somos suficientes.

Panamá es un país pequeño, pero poderoso. Sí, a veces desordenado, caótico y con su buena dosis de “cosas que solo pasan aquí”, pero también resiliente, cálido y lleno de posibilidades. Para construir el país que queremos, no basta con mejorarlo: tenemos que empezar por creer en él y en nosotros mismos.

Ojalá más panameños tengamos la oportunidad de redescubrir nuestro país, no por un TikTok viral ni porque lo diga un turista deslumbrado, sino porque decidimos conscientemente, y de una vez por todas, vernos con otros ojos.

El autor es profesional de las comunicaciones y el marketing.


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