Un género se agota cuando pierde sentido. El bolero sobrevivió al siglo XX, el tango estuvo a punto de morir y regresó, la novela lleva más de cuatrocientos años respirando. Con medio siglo como nombre y conciencia, la salsa sigue bailándose sin pedir permiso, incluso bajo el estruendo globalizado del reguetón, nacido en nuestro Caribe urbano.
La salsa no nació en Cuba, aunque Cuba esté en sus huesos. Nació en Nueva York, en el cruce del son, el guaguancó, la rumba, el mambo, el chachachá y el jazz afroamericano, que no acompañó: enseñó a improvisar, junto al soul y el R&B, todo atravesado por la experiencia migrante caribeña. Salsa fue una palabra útil, un picante comercial para vender el furor de los barrios. En Cuba muchos dicen que la salsa no existe: existe el son. Pero en Nueva York el son cambió de piel, velocidad y escenario.
El Gran Combo no nació salsero. Nació desde el son, el bolero y dos géneros del Caribe boricua: la plena y la bomba. Cuando la salsa se consolidó como lenguaje continental, migró a ella con naturalidad. Rafael Ithier entendió la clave: la orquesta debía ser más grande que cualquier nombre propio. Administró egos (Andy Montañez, Pellín Rodríguez) y convirtió la banda en institución caribeña.
La salsa como fenómeno global se reconoce en el concierto del Cheetah, en 1971. La Fania es su gran abanderada. Johnny Pacheco estuvo ahí, dirigiendo la manada. El Cheetah, en 254 West 52nd Street, Manhattan, era una discoteca y laboratorio. Aquella noche juntó a tantas estrellas.
Las figuras fijaron el idioma. Héctor Lavoe cantó la fragilidad del barrio con swing de cuchilla. Willie Colón convirtió el trombón en arma urbana. Pacheco organizó el desorden. Celia Cruz lanzó su ‘Azúcar’ y lo volvió contraseña planetaria. Ismael Rivera, Maelo, el Sonero Mayor, el Nazareno, le puso barrio y liturgia a la voz: fraseo sin maquillaje, tumbao que es rezo.
Rubén Blades llegó después y ensanchó el territorio. Parte de su obra es salsa; su locomotora rítmica es el guaguancó. Pedro Navaja no es salsa romántica: es crónica urbana montada sobre rumba. Blades no cambió la salsa; la hizo pensar.
Hubo renegados ilustres. Tito Puente lo gritó sin rodeos: la salsa es ketchup; yo toco música cubana. La tocó, la grabó y la elevó, pero renegó del nombre. Como muchos. La salsa fue hija querida y bastarda a la vez.
Marvin Santiago grabó desde la prisión.
El cuatro puertorriqueño entró a la salsa con nombre propio: Yomo Toro, llevándolo a la Fania y a Willie como afirmación identitaria. La Murga de Panamá no es salsa, pero roza la frontera. La antecede en pulso callejero, en metal y en fiesta. Willie la convirtió en ícono y el Caribe hizo lo suyo.
La salsa comenzó como club de varones. Celia rompió el cerco. Luego llegaron voces como La India, Daniela Darcourt, Maía y orquestas como Anacaona o Son de Azúcar.
La Sonora Matancera, Aragón y la Sonora Ponceña no se plegaron a la salsa como industria. Sobrevivieron siendo archivo vivo, elegancia y complejidad musical.
El reguetón nació en Colón con ADN caribeño, una década después que la génesis salsera.
Sus momentos altos: Siembra, Asalto Navideño, Lo Mato; el Cheetah, el Yankee Stadium (1973) y Zaire (República Democrática del Congo, 1974), donde sonó el metal de Vitín Paz. De Carrasquilla hasta África.
Medio siglo después, la salsa está viva. Contra viento, reguetón y marea. Y como el jazz que la enseñó a respirar, no pide permiso: improvisa y se queda.
El autor es periodista y filólogo.

