La corrupción y la incapacidad; así como la creciente idea de un cambio en momentos del auge, contagioso y peligroso, de los movimientos de izquierda como opción para llegar al poder, son los elementos que van abonando la idea de un golpe de Estado. La oligarquía tradicional no estaba en su mejor momento y ponía en peligro la estabilidad del istmo, por lo que se apuesta a un experimento socialdemócrata auspiciado por Estados Unidos a través de un golpe militar, cuyas tareas serían: poner orden en lo político, implementado la “cacería de brujas” y hacer reajustes en lo económico.
Se abre así una nueva etapa en la República con muchas particularidades que nos llevan a preguntarnos ¿cómo históricamente abordamos el tema del golpe? Por un lado, hay quienes hablan del período militar obviando todos los antecedentes que llevaron al golpe y omitiendo a los que se beneficiaron de él, y por otro lado, la doble moral con la que algunos se ubican en los hechos, como algunos que fueron cómplices del macartismo que siguió al golpe.
El robo de urnas, recontar votos (bajo supervisión del Comando Sur) elecciones dudosas y un ambiente represivo fue notorio durante toda la primera mitad del siglo XX, al punto de ser el abono ideal y detonante para un golpe de Estado, pero cuando se toca este tema y el daño que esto representó para la democracia, se hace referencia de manera casi automática y exclusiva al período militar cuando en realidad este fue el producto de tener una pseudo-democracia.
Cuando se habla de aquellos que lucharon contra el régimen, ¿de quiénes se habla? Si buscamos los nombres y apellidos veremos que predominan los de la gleba; el mayor impacto de octubre del 68 recae fundamentalmente en los movimientos sociales, sobre todo los vinculados a ideas socialistas, así como en otros sectores y organizaciones políticas como es el caso de los Boinas Negras, que fueron abandonados a su suerte, pero solo son mencionados una vez por cada mil veces que se habla de la lucha contra la dictadura ¿Por qué sería?
Tal vez, porque los partidos tradicionales, represores e incapaces de poner orden, se beneficiarían del régimen que ya les adelantaba acciones contra los llamados ñángaras; de ahí su silencio frente a los desaparecidos y torturados durante los días de Boris Martínez y los años que siguieron, y que luego, terminado el romance con la bota, pasarían a formar la Cruzada Civilista, llevándose de paso y para tener credibilidad, gloria ajena en esa lucha contra los militares.
Hay que ver los eventos con la mayor justeza y objetividad posible, y más ahora, cuando los partidos ya no cuentan con credibilidad, solo con la capacidad de comprar votos y adeptos.
No es un cuento de buenos y malos, es una combinación de situaciones y actuaciones que debemos analizar con cautela, pues los aciertos en el futuro dependerán de cómo hayamos aprendido nuestra historia.
El autor es cartógrafo y estadístico