ALFREDO CASTILLERO CALVO

El historiador de la patria

Al concluir el mes de la patria, dedico esta columna a nuestro principal historiador, Alfredo Castillero Calvo, cuya carrera profesional e intelectual constituye un invaluable servicio a la sociedad. Añado así al merecido homenaje que se le rindió recientemente en el Museo del Canal, con motivo de su octogésimo cumpleaños y seis décadas de trabajo histórico que contribuye a robustecer la nacionalidad panameña.

La obra historiográfica del Dr. Castillero Calvo es meritoria por muchos motivos. Particularmente valiosa es su tesis, que plantea que el avistamiento del océano Pacífico por Vasco Núñez de Balboa (1513) determinó que nuestro istmo formara parte de circuitos globales, de índole económica, estratégica y cultural, mucho más amplios de lo que la historiografía tradicional fue capaz de reconocer.

En tiempos de xenofobia y suspicacias frente al “otro”, como también en momentos de cambios en la distribución internacional del poder y—en lo que a Panamá respecta—intentos de mayor acercamiento a la principal potencia emergente, es fundamental recordar esta histórica conectividad con territorios más allá de nuestras orillas. Esta reflexión tiene aplicación a nuestras relaciones con China Popular, recientemente formalizadas.

Como lo indiqué en un reciente artículo (La Prensa, 20 de septiembre), quienes dirigen y ejecutan nuestra política exterior derivarían mucho provecho de la lectura de los libros de Alfredo Castillero Calvo, que deberían formar parte fundamental de los programas de estudio de la academia diplomática.

Si una de las contribuciones principales del Dr. Castillero Calvo ha sido la demostración concreta de nuestra histórica participación en los sistemas internacionales, otra ha sido la constatación de que nuestro istmo es más que un paso en el camino hacia otras regiones. En su obra abundante, Alfredo Castillero Calvo presenta las pruebas del importante aporte que, a lo largo de la dominación española, realizaron a la exigua economía del istmo actividades distintas al trasiego de personas y mercancías a lo largo del corredor interoceánico.

Menciona a la minería, particularmente de oro, en Veraguas y Darién; la ganadería en Chiriquí, las llanuras del litoral pacífico y las planicies al oriente de la capital, hasta Chepo; la extracción de perlas en el golfo de Panamá; la comercialización de maderas de construcción obtenidas en nuestras selvas; e, inclusive, la manufactura de vajillas en la vieja Panamá, de donde surge la denominada “mayólica de Panamá”, fabricada en hornos en las afueras de la ciudad, cuyos vestigios han desaparecido como resultado de una grotesca especulación inmobiliaria encaminada a cubrir de hormigón el pasado, presente y futuro del país, sin consideración alguna por la historia, la cultura o el bienestar colectivo.

Desidiosos al respecto de nuestra historia, los panameños nos caracterizamos por ignorarla, trivializarla o falsearla sin remordimientos. Como escribió el Dr. Castillero Calvo en Sociedad, economía y cultura material: historia urbana de Panamá la Vieja (2008): “La mayoría de los panameños comparte una visión del pasado dominada por lugares comunes, falsificaciones, ambigüedades, omisiones y mitos” (Pág. xxv).

Cada vez es más escasa nuestra capacidad colectiva para reconocer el valor de la historia, su función en la generación del desarrollo sostenible y su papel en el fortalecimiento de la identidad nacional. Este fenómeno es profundamente lamentable, porque, como lo explica el Dr. Castillero Calvo en la Historia general de Panamá (2004): “La identidad de los pueblos se sustenta sobre la conciencia de su pasado” (Pág. vii).

En menos de dos años, conmemoraremos el quinto centenario de la fundación de la ciudad de Panamá, capital de la República y primera urbe europea en el litoral pacífico americano. En cuatro años tendrá lugar el bicentenario de nuestra independencia de España, la fecha más importante de nuestro calendario cívico.

Esas ocasiones no pueden pasar inadvertidas, en medio de absurdos “días puente” y de espectáculos improvisados de mal gusto, que nos presentan ante el mundo como un pueblo chabacano e iletrado y apuntalan estereotipos de superficialidad y poca confiabilidad.

Nadie mejor que el Dr. Castillero Calvo, nuestro principal historiador, para dar sustancia y relevancia a ambas fechas, ponerlas en adecuada perspectiva y encaminar esfuerzos serios hacia el aprovechamiento social de la historia, tarea grata, maravillosa y patriótica a la que Alfredo Castillero Calvo ha dedicado su vida profesional.

El autor es catedrático de ciencias políticas, director de la maestría de relaciones internacionales FSU Panamá.


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