Dice el escritor cubano Félix Pita Rodríguez, en un ensayo que se pierde en el tiempo, que en África central, a la magia que posee una persona para contar historias, ese espíritu de cuentero se le llama “mukanda”, que significa magia cuenteril. Ese talento y sensibilidad para narrar, esa sustancia intangible es más que un talento, es una gracia.
Hay una diferencia muy sutil entre el cuento que se escribe y el cuento que se cuenta.
El escritor de cuentos respeta una serie de elementos que componen la estructura y forma de los cuentos y con una idea central desarrolla una historia que busca la perpetuidad dentro del corpus de la literatura.
Por otra parte, el cuenta cuentos, no estoy muy seguro de que busca esa perennidad; en cambio sí, una representación simbólica en el tiempo, una voz silenciosa en la memoria, un suspiro fugaz. No le importa solo la estética, el ritmo o la estructura, sino contar una historia que llene vacíos y ausencias. Es por eso que cada vez que escuchamos a un buen narrador de historias tenemos la sensación de vivir un momento que es muy probable no se repita nunca más.
Cuando los pueblos originarios cantan oralmente sus historias, como es el caso de la nación dule, lo hacen para preservar su memoria, es verdad, pero este universo contado no es un género literario para ellos como el cuento literario lo es para nosotros.
Para los gunas el igala es saber comprender a las personas, a la naturaleza, al mundo, a través de una explicación sabia. Los sailas cantan para transmitir conocimiento; el contador de historias y el escritor de cuentos, también. De allí el concepto de Clifford Geerdz de que la cultura son los cuentos que contamos para comprendernos mejor a nosotros mismos y a los demás.
Es el mismo concepto que acuñó Néstor García Canclini que dice que la identidad es una construcción que se relata. Contamos historias para encontrarnos a nosotros mismos y para reencontrarnos con la otredad. Somos las historias que contamos.
El autor es escritor