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Historias de un reino encantado

Hace unos días visitamos un país con kilómetros de costas bañadas por dos mares. Un país con una red portuaria y de carreteras realmente admirable. Con atractivos comerciales para la inversión extranjera, incluyendo zonas francas y hasta una agencia especial que ofrece incentivos para el desarrollo de actividades comerciales de valor agregado adyacente a un moderno recinto portuario. Es un país cada día consolida más su posición como “hub” logístico de su región.

La mayoría de sus habitantes practica la misma religión. Sin embargo, su Constitución consagra la libertad de culto. Sus pueblos originarios reciben un trato especial en su Constitución. Ha desarrollado un importante sector turístico con incomparables atracciones y opciones de alojamiento. Un porcentaje importante de los residentes en zonas urbanas es bilingüe. Ha sido aliado de Estados Unidos por más de un siglo.

El gobierno invierte en la renovación de los cascos históricos y la preservación del patrimonio cultural. ¿Suena familiar? Por más similitudes que tenga, no se trata de la República de Panamá. Para darles más luces, continúo con el relato.

Por varias décadas durante el siglo XX, el país estuvo bajo la égida de dos “protectorados” internacionales a cargo de potencias mundiales. Antes de establecerse los protectorados, ya constituía una de las principales rutas para el comercio marítimo y terrestre internacional y tenía su propio gobierno.

Su cultura autóctona se ha nutrido históricamente de una visible influencia occidental, pero no pierde su carácter originario. Eventualmente, se desligó de los protectorados y recuperó su plena independencia.

Su gente es amable, hospitalaria y alegre, enfocada en servir y no en servirse de los visitantes. Es gente piadosa, pero tolerante de las minorías étnicas y religiosas. Abundan los sitios de culto de la religión mayoritaria, pero también de las religiones minoritarias.

De hecho, el Estado patrocina el mantenimiento y seguridad de los sitios de culto minoritarios. A poca distancia unas de las otras, se ubican iglesias, mezquitas y sinagogas. Insisto, no se trata de Panamá.

Un viaje en automóvil por ese país nos lleva a parajes muy pintorescos. Las zonas costeras dan pie a una agricultura sostenible, enfocada en la exportación de productos agroindustriales y el consumo local de frutas y vegetales de calidad. La riqueza mineral se basa en la explotación de fosfatos y derivados, y su exportación al resto del mundo.

Su gastronomía es rica y variada, y se fundamenta en los productos locales. Hasta en las zonas más desérticas se practica la agricultura sostenible apoyada en la energía solar. El país aprovecha los vientos para producir energía eólica.

Se observa mucho consumo de bienes y servicios, y los precios en dólares y euros son muy asequibles. La relación precio-calidad de los productos y servicios es mucho mejor que la que experimentamos en nuestro país.

Las antiguas ciudadelas contrastan con las zonas modernas de cada metrópolis a unos cuantos metros de sus murallas. En algunas de esas ciudadelas encontramos hornos y fuentes comunales que todavía funcionan.

Son vestigios de épocas en los que la solidaridad social abrazaba las necesidades más básicas del ser humano. Aún en medio de las más decrépitas ruinas, se respira un aire de paz y seguridad.

Los medios de transporte son eficientes y modernos, con monumentales estaciones de ferrocarril e inclusive una línea de alta velocidad. Las carreteras que llevan a las grandes ciudades están bien señalizadas y alineadas de enormes palmas.

Hay parques, bulevares, costaneras, palacios y obras arquitectónicas monumentales de distintas épocas esparcidas a lo largo y ancho del territorio.

Existen al menos siete aeropuertos internacionales y una sostenida afluencia de visitantes de todas partes del mundo. Suena como si fuera un reino encantado, pero, ¿a qué país me refiero? Me refiero al Reino de Marruecos.

El autor es abuelo, estudiante, educador y escritor



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