Una mañana, durante el primer recreo, y siendo aún estudiante de la primaria (muchas aguas han corrido desde entonces bajo el puente) un compañero de la escuela primaria , hoy día psicólogo laboral, y yo nos encontrábamos enfrascados en una carrera frenética, componente ineludible de los tantos juegos de competencia en ese entonces, donde nunca faltaban perseguidos y perseguidores.
Me acuerdo que siendo yo el perseguidor, logré alcanzar a mi oponente y entablamos una lucha feroz que era parte sustancial del juego, justo afuera de nuestro salón de clases. Al cabo de segundos, nos detuvimos impávidos y petrificados ante la mirada inquisidora de nuestra maestra de grado catalogada como una de las más rígidas de la escuela.
La maestra nos llamó y con voz baja pero firme, primero nos dio un regaño de padre y señor nuestro por lo que ella suponía era una pelea, y luego a cada uno nos proporcionó tres reglazos con el “metro” que nunca faltaba en alguna esquina de los salones de clases de aquella época y que tenían la aprobación de nuestros acudientes.
Este incidente nunca despertó rencor o reproche de parte de nosotros a pesar de que la medida había sido injusta. Ni hablar de los padres de familia que apoyaban incondicionalmente las acciones de los maestros. Era para nosotros motivo de temor comunicar en casa algún castigo impuesto en la escuela por las represalias posteriores.
Nuestra maestra en aquel entonces y que nos impartió clases por tres años consecutivos era catalogada como docente de la vieja guardia. Así como tenía el carácter para el castigo, también poseía el don para premiar y aconsejar. Sus sesiones no solo eran de aprendizaje en alguna asignatura; sino que combinaba la anécdota tan gustada por nosotros, los cuentos, momentos de trabajo y la atención personalizada. Nos hacía caer en cuenta de nuestras faltas aplicando las sanciones correspondientes pero elogiaba públicamente alguna buena acción realizada por nosotros. No preciso a alguien a quien no le hubiese resaltado públicamente alguna virtud en los años que fuimos sus estudiantes.
Recuerdo el día de la graduación de sexto grado en una sala de cine hoy desaparecida y convertida en un centro comercial. Al terminar el acto solemne, la maestra tuvo palabras de elogio para los hijos de todos los padres y madres presentes allí. Como si tuviera un dominio sobre las cosas del futuro, pronosticó diferentes profesiones en base a nuestras cualidades y nos felicitó a cada uno con un fuerte abrazo cálido y maternal que selló nuestra despedida final de una de las etapas más recordadas de la vida estudiantil.
Algunas décadas más tarde, los caprichos del destino determinaron que tuviese que regresar a una escuela, pero esta vez en calidad de docente. Cierta vez, durante una sesión de consejería, de manera espontánea les pregunté a mis estudiantes acerca de quién consideraban como buen maestro. Sus respuestas las resumí así: el buen maestro es el que ama su oficio sintiendo pasión por lo que dice en sus clases, domina su materia, es humano, se interesa en sus alumnos, no tiene preferencias, despierta confianza, respeta las opiniones de los alumnos y da mensajes de esperanza. Supe en ese momento que los profesores y maestros muchas veces nos olvidamos que nuestros alumnos también son excelentes evaluadores y cometemos el error de subestimar sus opiniones lo que representa un gran error.
Me acordé de inmediato de algunos de mis profesores de la secundaria, que los tuve magníficos, y de mi maestra de grado y entendí que a pesar del tiempo los buenos maestros y profesores son aquellos que marcaron en nosotros una huella de memorias infinitas que nos permite ser los calificadores generosos de una época pasada.
Hoy día, lastimosamente también tenemos personas que dictan clases pero que no aman su profesión, solo ostentan el cargo como una salida rápida para tener un empleo y tener una jubilación que ellos consideran digna. Miran a sus estudiantes como adversarios a los que hay que implantarles solo disciplina. No mantienen el control de sus clases porque viven frustrados aflorando delante de sus alumnos los problemas personales que viven. No se toman el trabajo para renovarse en información y repiten errores ya superados. Nadie es bueno en su interior si actúa por la fuerza, aunque sea bueno lo que hace
Como bien nos decía San Agustín y San Ignacio de Loyola, pilares de la educación cristiana en el mundo y que convivieron con muchos jóvenes orientándoles al camino del bien: “si se te hace una carga pesada y rutinaria la tarea con tus alumnos, únete a ellos con amor de humano, de padre, de madre y unidos así, todo resultará nuevo”.
A todos los docentes de mi país que con su esfuerzo y paciencia contribuyen a la formación de hombres y mujeres para el servicio de los demás quisiera desearles un feliz día del maestro.
El autor es sociólogo y docente
