La verdadera empatía no pregunta por el bando de la víctima ni por la bandera del régimen que la oprime, sino que solo ve la humanidad herida.
Este 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, mientras Panamá y el mundo conmemoran los avances en derechos de género, mi pensamiento vuela hacia un lugar donde la lucha por la dignidad se paga con la vida: Irán.
Allí, las mujeres no están pidiendo privilegios; están reclamando el derecho más básico a disponer de sus propios cuerpos, ideas, cabellos y voces.
Recordemos que Mahsa Amini fue asesinada por el régimen iraní hace más de tres años, no solo por un velo mal puesto, sino también por el desafío de querer ser dueña de su destino. Su sacrificio, y el de miles de jóvenes iraníes, no pueden ser una nota al pie en nuestras conmemoraciones occidentales.
En Panamá, las mujeres, a lo largo de la historia, han sido parte de los grandes avances del país. Con valentía, perseverancia y visión, han abierto caminos en la educación, la cultura, la política, la ciencia, la ingeniería y otras esferas defendiendo derechos y construyendo oportunidades para las nuevas generaciones. Su liderazgo y empoderamiento han contribuido a transformar la sociedad panameña.
No se trata de dictar una agenda ni de pretender dar lecciones desde afuera. Se trata de reconocer que el grito de “Mujer, Vida, Libertad” (Jin, Jiyan, Azadî en persa), que nació en las calles de Teherán, es el mismo grito que debería sonar en la Alameda o en cualquier plaza del mundo.
El riesgo de un feminismo que se vuelve selectivo —que solo se indigna cuando el opresor encaja en un relato político cómodo— es que termina convirtiéndose en una herramienta más de exclusión. La verdadera empatía no pregunta por el bando de la víctima ni por la bandera del régimen que la oprime, sino que solo ve la humanidad herida.
En este 8 de marzo, la invitación no es a mirar hacia otro lado, sino a mirar más allá. A recordar que una mujer que sufre bajo el yugo de una teocracia misógina merece la misma visibilidad y la misma protección que cualquier otra. La libertad de la mujer no tiene fronteras y su defensa no puede estar condicionada por la diplomacia o la conveniencia política.
Honremos a las heroínas anónimas de Irán. Que sus nombres se pronuncien con la misma fuerza que las referentes más cercanas.
Porque, si el feminismo no es capaz de abrazar a la mujer en Teherán con la misma intensidad que a la mujer en Panamá, corremos el riesgo de que la causa pierda su alma y se transforme, simplemente, en política con otro nombre.
Israel y Estados Unidos están luchando en estos días no solo por un Irán sin armas nucleares y misiles balísticos, sino también por crear las condiciones que permitan que el pueblo de Irán, especialmente las mujeres iraníes, vivan en libertad.
El autor es embajador de Israel en Panamá.


