Hace 70 años, Estados Unidos lanzó dos bombas atómicas sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki. Horas antes de que la bomba cayera sobre Nagasaki, Japón ya había presentado su rendición ante las fuerzas aliadas, y seis días después, el emperador Hirohito haría el anuncio oficial de la rendición con el que oficialmente terminaba la Segunda Guerra Mundial.
Todo el mundo sabe un poco del trágico suceso, y como ha escrito Susan Southard en su libro Nagasaki: Life After Nuclear War, “la ‘necesidad’ de los bombardeos para ponerle fin a la guerra ha sido estudiada y discutida durante décadas”. Pero agrega Southard, “poco se sabe y menos se habla a largo plazo de la efectos de la radiación en los hombres, mujeres y niños que fueron expuestos a las nubes tóxicas del hongo atómico”. Y añade “tampoco se ha hecho un análisis serio de los temas morales y existenciales que suscitan estos bombardeos ni del daño causado a la población civil por este tipo de armas”.
El libro de Southard sobre Nagasaki podría verse como una continuación del tema abordado por John Hersey, el periodista ganador del premio Pulitzer que en 1946 escribió para The New Yorker el ensayo “Hiroshima”, que relata las terribles experiencias sufridas por seis sobrevivientes. Cuentan que la elocuencia del relato impresionó de tal manera a Albert Einstein, que compró 100 ejemplares de la revista para enviarlos a autoridades y amistades con el fin de ejemplificar las gravísimas consecuencias de la bomba atómica. Aunque el ensayo de Hersey tuvo una gran acogida de crítica, no tuvo la difusión que merecía entre el público en general, es decir, no trascendió como debería haber trascendido.
Algo semejante se podría decir de ese magnífico tour de force del cineasta Alain Resnais con su película Hiroshima Mon Amour filmada en 1959. Cuenta una historia de amor que dura dos intensos días entre una actriz francesa, la fascinante Emmanuelle Riva, y un arquitecto japonés, Eiji Okada, pero es a la vez una reflexión sobre la guerra, la paz, la memoria, los recuerdos, la culpa, el erotismo, la vida y la muerte. En la trama de la película, escrita por Marguerite Duras, el affaire entre los protagonistas transporta a la actriz a su romance de juventud con un soldado alemán durante la ocupación nazi en Francia y a la consecuente vergüenza de ser señalada como “colaboracionista horizontal” .
La liga que Resnais traza entre Hiroshima y la ocupación nazi en Francia no es accidental. Cuatro años antes, el cineasta había filmado un magistral documental sobre los campos de concentración en Auschwitz y Dachau titulado Noche y Niebla. El título hace referencia al decreto nazi de 1941 llamado Nacht und Nebel, que permitía la suspensión del debido proceso a quienes la policía nazi sospechaba que podrían presentar un reto al Tercer Reich y permitía el arresto y el uso de la tortura contra cualquier ciudadano. El vínculo entre estas dos obras maestras es el riguroso examen de la memoria reprimida. En la película la represión de la memoria es individual, mientras que en el documental hay una crítica incisiva al oscurecimiento deliberado y consciente de la verdad.
Sabemos que en Hiroshima y Nagasaki murieron un poco más de 200 mil personas por el impacto inicial de la bomba, pero poco sabemos de cuánto y cuántos sufrieron consecuencias fatales posteriores a la explosión. El doctor Tatsuichiro Akizuki compara lo sucedido en Japón a la situación prevalente durante la peste negra que arrasó con la Europa medieval. Pero según el general Leslie Groves, director del Proyecto Manhattan que construyó las bombas atómicas, los reportes de horrores posterior a la explosión de las bombas eran propaganda, pues quienes murieron por las radiaciones lo hicieron “sin sufrimientos innecesarios”, y las víctimas tuvieron “una muerte placentera”.
Hoy que nueve países cuentan con enormes arsenales nucleares y por lo menos otros cuatro quieren desarrollarlos, es imprescindible recuperar la memoria histórica y desenmascarar a quienes quieren ocultar la verdad. Ese es el mérito enorme del libro de Southard y del ensayo de Hersey, porque el gran reto del futuro debe ser evitar la proliferación nuclear.

