Si el alcalde de la ciudad capital tuviera las suficientes neuronas para un razonamiento elemental, se daría cuenta de que sus marchas, protestas, rabietas y su inagotable soberbia solo alimentan el deseo de los ciudadanos de no verlo más en el cargo. Sus más recientes apariciones públicas han sido para desafiar al electorado –ese que lo puso en la Alcaldía y que le puede dar un puntapié de despedida–, en vez de mostrar más humildad y elaborar un plan para ganarse nuevamente la voluntad de la población. Su actitud parece ser la de un niño antojado de un juguete que no recibirá o la de un adolescente al que castigaron quitándole el celular. Ni las pataletas ni los berrinches logran que alguien cambie de opinión. Por el contrario, hace que las decisiones se mantengan, porque se convierte en un reto a la autoridad, que en este caso no es él, sino el pueblo que lo eligió. Esa es la autoridad, el soberano, pero su fatuidad lo tiene ciego y sordo. Así que no tenemos más que agradecerle: gracias por mantener su pedantería, esa que lo ha puesto en donde está ahora. Su patética actitud es el combustible que alimenta la hoguera que lo consumirá.
Hoy por Hoy
27 abr 2022 - 05:00 AM