El reciente informe de la Defensoría del Pueblo sobre el respeto de los Derechos Humanos en Panamá revela una realidad vergonzosa desde varios ángulos. Hay retrocesos y, si hay avances, van en dirección negativa. Hacinamiento en las cárceles; mujeres víctimas de la violencia, abusos, incluso, pierden la vida en la intimidad del hogar; falta de atención en centros hospitalarios, especialmente en la Caja de Seguro Social; problemas con la educación que mutan a crisis sociales. En fin, Panamá, pese a sus recursos, sigue en el fondo de un hoyo del que no puede salir desde hace años. Políticos y funcionarios descartan la idea de mejorar los derechos humanos sencillamente porque, desde el punto de vista electoral, no representan obras tangibles. Es una absoluta vergüenza que desde hace años se había contemplado la idea de vigilar electrónicamente a los agresores de mujeres y, aunque se han destinado fondos para ello, siempre terminan en otra parte, a costa de vidas de personas que sufren violencia solo por ser mujeres. Las cárceles son otra vergüenza: atestadas, verdaderas escuelas del crimen, en las que no hay rehabilitación ni vuelta atrás. Es una realidad tan cruda como ignominiosa.
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09 dic 2022 - 05:03 AM