Práctica aborrecible en democracia es creer que los esposos, esposas, hermanos, hijos, sobrinos madres y padres de un funcionario deben heredar los cargos públicos. En Panamá, cuando un político llega al poder, lo primero que hace es emplanillar a su familia; luego pide plata –regalada y del Estado– para que el que no tiene edad para desempeñar un cargo, se eduque cómodamente en universidades extranjeras de primer mundo y luego regrese a ocupar el cargo del padre o del tío o hasta el de su padrino. Sin importar si sirven o no para la administración pública –cosa que para ellos es de absoluta irrelevancia– algunos políticos rancios y desfasados suelen ir a elecciones acompañados de personas de su más cercano círculo familiar. Lo hacen porque no confían en nadie o por el simple hecho de que, habiendo sido tan fácil robar, no hay porqué negarle el privilegio a la parentela. Son clanes familiares, convertidos en castas, que pretenden ser los representantes de ese ripio de las antiguas monarquías, en las que los nuevos protagonistas se creen con el derecho de heredar, no el título nobiliario, sino el cargo gubernamental. Y todo, con la anuencia del votante, que se presta para la ignominia.
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27 nov 2023 - 05:03 AM
