Un expresidente, condenado en dos instancias por lavado de activos, presiona a la Asamblea Nacional –según denunció uno de sus diputados– para que le abra una investigación a la magistrada presidenta de la Corte Suprema, porque en sus manos está su suerte y candidatura presidencial. De ser cierta la afirmación del diputado denunciante, ¿acaso lo que hace este expresidente no es acoso o persecución política? Él, que tanto se queja de eso, hace exactamente lo mismo. Entonces, ¿qué moral tiene para hablar de acoso o de persecución si él mismo no sabe hacer otra cosa? En su campaña de desprestigio lo acompaña una diputada nominada a alcaldesa por el partido del expresidente condenado. ¡Qué casualidad! Su presión respondería, precisamente, a las exigencias del también designado corrupto por Estados Unidos. Su hostigamiento es intolerable, porque juran que la justicia está estrictamente ajustada a su conveniencia. Lo demás es “persecución política”, según su caricaturesca definición. Sus discursos son solo son demagogia de trinchera, con más ruido que contenido, con más campanadas que eucaristía. Palabras vacías que salen de seres sin conciencia y absurdamente egocentristas.
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Hoy por Hoy
26 ene 2024 - 05:03 AM