La Asamblea Nacional es apenas una sombra de lo que debería representar en nuestra democracia, situándose como la institución peor valorada según un reciente sondeo de La Prensa. De manera alarmante, un 84% de los encuestados a nivel nacional expresaron tener poca o ninguna confianza en esta entidad, evidenciando su fracaso en la fiscalización del Ejecutivo, su ineficacia en promulgar leyes beneficiosas para el país, y la elaboración de normativas absurdas o sesgadas por intereses particulares. En los principales debates sobre la seguridad social, la minería, el agua y el precio del combustible, su intervención ha variado entre inexistente y catastrófica. Los escándalos de corrupción y el injustificado aumento de personal y del presupuesto han socavado aún más la confianza de los ciudadanos. La iniciativa de algunos candidatos de reducir el tamaño de la Asamblea subraya el descontento generalizado y pone en tela de juicio su papel en nuestro sistema democrático. Este contexto debería motivar una reflexión inmediata entre los diputados actuales, impulsándolos a cambiar el rumbo. Es oportuno que la ciudadanía evalúe críticamente si algún actual diputado merece la reelección. Aunque la creciente decepción fomente el pesimismo, es esencial no normalizar esta disfunción. La Asamblea Nacional está obligada a rectificar el rumbo, ya que un equilibrio de poderes sólido es indispensable para el fortalecimiento de nuestra democracia. El poder Legislativo debe transformarse en un foro de debate racional y constructivo, donde todos los ciudadanos se sientan representados, guiándonos hacia un futuro próspero e inclusivo. En última instancia, la Asamblea debe ser el faro que ilumine el camino hacia una democracia más fuerte y representativa.
Exclusivo
Hoy por Hoy
18 mar 2024 - 05:06 AM