Uno de los datos más reveladores del Índice de Percepción de la Corrupción (IPC) 2025 no es solo que Panamá haya obtenido 33 puntos sobre 100 y repita su peor registro histórico, sino que el país permanece en el último umbral de las democracias imperfectas, peligrosamente cerca de un deterioro mayor. La advertencia debe leerse en clave regional: América Latina enfrenta un ciclo de fragilidad institucional donde la corrupción persistente erosiona la confianza pública y debilita los contrapesos del Estado. En este escenario, preocupa la doble narrativa del presidente José Raúl Mulino. Mientras sostiene un discurso firme de lucha contra la corrupción, su ambivalencia frente a reformas estructurales y decisiones clave debilita la credibilidad de ese compromiso. No basta con declaraciones; se requiere liderazgo coherente y acciones verificables. Pero el cambio no vendrá de informes internacionales ni de advertencias externas. No vendrá de fuera. Es el propio Ejecutivo quien está obligado a generarlo. Si Panamá se encuentra en una zona institucionalmente peligrosa, corresponde al presidente asumir sin ambigüedades la responsabilidad de revertir esa tendencia, fortalecer los controles, garantizar independencia judicial y reconstruir confianza. Como advirtió Winston Churchill, la democracia es la peor forma de gobierno, excepto por todas las demás que se han intentado. Precisamente por eso debe cuidarse. Salir de esta franja crítica exige voluntad política sostenida y fortalecimiento real de las instituciones.
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Hoy por hoy: Alerta roja para la democracia
14 feb 2026 - 05:01 AM