En Bocas del Toro, la pobreza no es solo una estadística: es la consecuencia de un Estado que, durante décadas, confundió la asistencia con la gobernanza. Cuando los servicios públicos fallan y las oportunidades desaparecen, el poder se concentra en figuras locales que reparten favores en lugar de derechos. Ese clientelismo, sostenido por planillas, empleos temporales y promesas de campaña, ha reemplazado al Estado en funciones esenciales y perpetuado la dependencia.
La reciente crisis social, con 290 investigaciones abiertas por abusos, muertes y detenciones, no nació del vacío: es el resultado de una estructura política que administra la pobreza en lugar de combatirla. En una provincia donde los hospitales carecen de insumos y los jóvenes de futuro, la protesta se convierte en el único lenguaje disponible.
Si algo enseña Bocas del Toro es que la ausencia institucional se paga con violencia. Ninguna democracia puede sostenerse sobre el trueque de lealtades. La justicia y el desarrollo deben volver a ser tareas del Estado.