“La democracia es la peor forma de gobierno, excepto por todas las demás que se han probado”. Winston Churchill popularizó en 1947 esta frase, aclarando que no era necesariamente suya. Resume una verdad vigente: aun con sus imperfecciones, la democracia es preferible al autoritarismo. Pero no suele perderse de un día para otro; se erosiona gradualmente. Y hoy su mayor amenaza ya no necesariamente viene de los cuarteles.
La corrupción y la impunidad pueden hacer ese trabajo desde dentro. El desfile ante las autoridades de exfuncionarios llamados a explicar patrimonios bajo investigación pone a prueba nuestras instituciones. Si estas no investigan, sancionan cuando corresponde y ofrecen respuestas, pierden legitimidad. La desigualdad y la falta de oportunidades profundizan ese desgaste.
La democracia tampoco consiste únicamente en votar cada cinco años ni en firmar por agrupaciones políticas que se reproducen como hongos, muchas concebidas alrededor de una figura y sin programas ni visión de país. Se ejerce participando, vigilando y exigiendo resultados. Porque cuando las instituciones pierden credibilidad y la democracia deja de responder, prosperan las promesas populistas que, para cumplirse, terminan debilitando los controles y contrapesos que precisamente la sostienen.