A veces hay que moderar la lengua, sobre todo cuando se habla desde el balcón de la patria. El presidente de la República, en vísperas de las fiestas patrias, respondió con desdén a sus críticos por el tema de la soberanía nacional, que efectivamente nos ha costado sangre y sufrimiento. Se nota que en su conferencia de esta semana no leyó esa frase —que no vale la pena repetir—: la improvisó, y con ella degradó la solemnidad del momento.
Defender lo nuestro exige carácter, pero también compostura. No es lo mismo hablar con firmeza que hacerlo con grosería. Panamá ha aprendido, a lo largo de su historia, que la independencia se ejerce con dignidad, no con insultos. En lugar de cerrar el debate, conviene abrirlo, porque la soberanía es asunto de todos, no propiedad de un discurso momentáneo.
La expresión usada por el presidente no admite justificación en términos absolutos. No cabe alegar que su personalidad es fuerte o su carácter impulsivo. En asuntos de gobierno no caben esas actuaciones, y menos cuando se trata de temas que nos unen a todos los panameños, como es nuestra soberanía.