La discusión de las reformas electorales nos está dando la oportunidad de ver las dos caras de nuestra clase política. La más indigesta es la de los partidos políticos representados en la Comisión de Gobierno de la Asamblea. Han probado que, en una elección, la trampa no solo se hace el día de la votación y únicamente a través de la compra de votos; también es posible manipulando el sistema con anticipación, por ejemplo, aprobando leyes hechas para su beneficio específico y en detrimento de candidatos de la libre postulación, de la administración de justicia y hasta de la naturaleza del Tribunal Electoral. La cara más esperanzadora, en tanto, la está aportando la juventud representada en la Asamblea y en la coalición Vamos, la cual ayer entregó todos los requisitos para ser reconocida como partido político, entendiendo que ese paso es necesario para poder competir contra quienes manipulan el sistema para acomodarlo a su favor. Lo que hizo ayer este movimiento en tan corto tiempo es una muestra de lo que se puede construir con trabajo, planificación y convicción, pese a que, para lograrlo, tuvieron que atender reglas impuestas en su momento por aquellos mismos que ahora las repudian e intentan modificarlas, simplemente porque ya no les conviene. Así, mientras unos desvergonzados necesitan cambiar las reglas, otros solo necesitan competir.