Todos fuimos testigos.
Un hongo de fuego envolvió el Puente de las Américas y, por segundos, convirtió una de las rutas más críticas del país en una zona de alto riesgo. La explosión, vinculada a camiones cisterna de una concesionaria de almacenamiento de combustible, dejó un fallecido y dos heridos.
En medio de la incertidumbre —propia de una emergencia— se permitió el paso vehicular. Minutos después, el propio Gobierno ordenó el cierre por seguridad, reflejando una falta de previsión que, por fortuna, no tuvo consecuencias mayores.
Pero el problema va más allá del incidente. Panamá depende, en la práctica, de dos pasos para conectar la ciudad con el resto del país: el puente de las Américas y el puente Centenario. El resultado fue inmediato: caos vial, desvíos improvisados y horas perdidas para miles de ciudadanos.
Otra sería la realidad si el proyecto del cuarto puente y el paso del Metro no hubiesen quedado rezagados. La falta de alternativas no solo agrava emergencias: expone, una vez más, la fragilidad de la planificación.

