Sin duda, 123 años de vida republicana constituyen un motivo genuino de regocijo. Celebramos nuestra historia, nuestros símbolos, nuestra identidad; en fin, todo lo que nos ha permitido convertirnos en un hermoso país con una de las economías más pujantes de la región.
Aún así, no podemos olvidar el país que necesitamos: más justo, transparente, educado y comprometido con su gente. Debemos examinar la distancia que hay entre el patriotismo ceremonial y el compromiso ciudadano, cumpliendo nuestros deberes, defendiendo nuestras instituciones y exigiendo a nuestras autoridades que respondan al interés nacional y el bien común.
El mal uso de los recursos del Estado, el tráfico de influencias, el clientelismo, la corrupción y la indiferencia con las prioridades más sensibles de la mayoría de la población son problemas ante los que no debemos rendirnos.
Haber sido privilegiados con un país como el nuestro nos impone la responsabilidad de entregar uno mucho mejor. Y esa responsabilidad, en realidad, no la estamos cumpliendo. En este día, en el que honramos nuestra bandera, deberíamos mirar hacia lo más alto, justo donde ella ondea, fijar allí nuestras metas y perseguirlas sin descanso.

