Las quejas empiezan a escucharse con mayor fuerza y más frecuentemente. Hay comunidades rurales afectadas por el terremoto cuyos habitantes llevan ya más de tres días aislados, sin agua ni alimentos y durmiendo a la intemperie. Así lo han hecho saber los afectados, entrevistados por los medios de comunicación que han logrado llegar hasta allá o bien mediante información compartida por ellos mismos en redes sociales. La queja es la lentitud, las excusas y, ahora, hay que agregar las peleas que hay entre funcionarios y políticos para repartir la ayuda. O sea, enfrentamientos por el poder de decidir adónde y quién recibirá la ayuda gubernamental. Mientras tanto, los voluntarios que se ofrecen para trabajar en esas comunidades, los médicos que se las han ingeniado para atender a los pacientes in situ, los donantes, la Iglesia... todos parecen mejor organizados. Esto resulta inaceptable, porque son miles los adultos, ancianos y niños que esperan agua, cobijas, comida, medicinas y techo. Es entendible que nadie esté preparado para una tragedia semejante, pero todo esto es sencillamente absurdo.