El llamado urgente de UNICEF y la apertura de una investigación por parte del Ministerio Público confirman que la crisis en los albergues no era producto de exageraciones mediáticas ni de oportunismo político, como algunos sugirieron. Los hechos, las inspecciones y los antecedentes judiciales demuestran que el problema existía con independencia del ruido público que lo rodeó. Era, y es, una falla estructural del Estado.
La reunión convocada de urgencia con los responsables del sistema de protección es un paso necesario, pero insuficiente si se limita a diagnósticos repetidos y promesas de ocasión. Panamá no puede seguir reaccionando solo cuando una denuncia estalla, cuando el debate se polariza o cuando un organismo internacional alza la voz y la Fiscalía interviene.
La protección de niños, niñas y adolescentes bajo custodia estatal no es una política reactiva ni una causa circunstancial. Es una obligación permanente que exige supervisión real, presupuesto, personal capacitado y responsabilidades claras. Investigar es indispensable. Prevenir lo es aún más.
Cada día sin decisiones de fondo prolonga un sistema que expone a menores a negligencia, violencia y abandono. Esta deuda no admite más comisiones, ni más silencios.
