La Semana Santa en San Felipe confirma la consolidación del Casco Antiguo de la capital como un atractivo con potencial internacional. El incremento sostenido de visitantes, una buena ocupación hotelera y un significativo impacto económico reflejan el valor de una tradición que combina fe, cultura y turismo. Las iglesias restauradas son hoy parte esencial de esa experiencia. Pero ese éxito también expone un desafío que no puede ignorarse: la capacidad real para gestionar el entorno donde ocurre y salvaguardar su valor patrimonial. No se trata solamente de procesiones y logística. Alrededor del Casco Antiguo persisten áreas vulnerables donde la seguridad no siempre está garantizada. ¿Puede una ciudad proyectarse como destino internacional si, a pocos metros del circuito principal, hay zonas en las que el visitante se siente inseguro? ¿Se ha garantizado la preservación de nuestros monumentos históricos, para que no sucumba ninguna estructura o arco? Así las cosas, corresponde asumir una visión integral de gestión. Ordenar la movilidad, proteger el patrimonio y garantizar la seguridad deben ir de la mano. El turismo religioso puede ser una fortaleza, pero, sin planificación sostenida, corre el riesgo de fragmentarse. El crecimiento exige algo más que promoción: exige coordinación, regulación y presencia efectiva del Estado.
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Hoy por hoy: Fe, turismo y deuda
26 mar 2026 - 05:00 AM