El conflicto de interés en el que se involucran algunos funcionarios de este y de todos los gobiernos es tan sorprendente como insólito. Pareciera que no saben reconocer una situación semejante, ni aunque se les explique con ilustraciones y ejemplos.
Sencillamente, perdieron la brújula o decidieron botarla. Tal es el caso del actual ministro de Salud, quien no encuentra nada malo en ser él quien firme y tramite una gestión de cobro o adjudique procesos de compra a una empresa en la que, según él, ya no es accionista ni toma decisiones.
Sí lo fue durante unos 30 años, hasta que renunció a su junta directiva justo antes de convertirse en ministro, para luego —solo cuatro meses después— adjudicarle una compra de casi medio millón de dólares. Como si fuera poco, el mes pasado fue él quien se ocupó personalmente de tramitar el mayor pago que el Ministerio de Salud le haya hecho a esa empresa en los últimos años: más de $700 mil.
Si el ministro no ve en ello un claro conflicto de interés, ¿qué más no ha observado, ya sea por ceguera intelectual o por ignorancia deliberada? En todo caso, alguien debería explicarle al ministro qué es un conflicto de interés.

