En Panamá, el tiempo judicial y el tiempo político no siempre caminan al mismo ritmo. Casos que durante años ocuparon titulares, investigaciones que parecían marcar un antes y un después, terminan diluyéndose en una realidad donde las consecuencias no siempre alcanzan al poder. El ejemplo más reciente no está en un despacho, sino en la calle. Un empresario que admitió haber pagado sobornos encabezó, sin mayor incomodidad, una de las celebraciones más tradicionales del país.
No se trata de un episodio aislado, sino de una señal. La escena es conocida: figuras vinculadas a casos de corrupción que no desaparecen del espacio público, sino que lo ocupan con naturalidad. Contratos, relaciones, presencia. El poder no se interrumpe, se adapta.
Pero hay algo más revelador. Quien toma la decisión de colocar a esa figura en un lugar simbólico de representación también envía un mensaje. No es un descuido. Es una elección. La justicia puede cerrar expedientes. La política, en cambio, define qué se normaliza. Y lo que hoy se celebra dice mucho más de lo que estamos dispuestos a aceptar.
