Para quienes viven en la calle, la ciudad no es destino de llegada, sino permanencia. No hubo viaje, ni descanso, ni pausa. La Pascua, que simboliza renovación y nuevos comienzos, transcurre para ellos en los mismos espacios: aceras, parques, rincones improvisados que hacen de refugio. Mientras tanto, a pocos kilómetros, el Casco Antiguo estuvo repleto de turistas y feligreses durante toda la Semana Santa. Dos realidades conviven en una misma ciudad.
Mientras unos retoman el ritmo, otros continúan en una espera indefinida, al margen de los ciclos que ordenan la vida de la mayoría. Y cada vez son más. El aumento de personas en la calle no es casual: en muchos casos está vinculado al consumo problemático de drogas, al abandono y a la falta de redes de apoyo.
¿Cómo se sostiene ese relato cuando cientos de personas duermen en la intemperie, sin acceso a atención integral ni a una ruta clara de reintegración? El Estado falla dos veces: cuando no previene las adicciones y cuando abandona a quienes ya están en la calle.

