Los Carnavales no son únicamente una fiesta; son una expresión profunda de identidad. El Ministerio de Cultura ha insistido en rescatarlos como patrimonio vivo, concebido como una construcción colectiva que involucra a comunidades enteras durante meses de preparación, mucho antes de que suenen las murgas y se enciendan las tarimas. En los talleres donde se bordan polleras, en los barrios donde se afinan tambores y en el tradicional topón se condensa memoria, oficio y pertenencia.
Al mismo tiempo, la Apede estima que la celebración podría generar más de $300 millones en derrama económica. La magnitud del impacto confirma que no hablamos solo de tradición, sino de un fenómeno con peso productivo nacional. Las Tablas, Penonomé y la capital muestran que el país posee una diversidad carnavalera capaz de atraer turismo y dinamizar comercio y empleo.
El debate no debe plantearse como cultura contra mercado. Brasil, Venecia o Barranquilla han demostrado que una tradición bien gestionada puede convertirse en marca internacional sin perder autenticidad.
La idea es buena. Pero cuando termine la fiesta, conviene discutir con serenidad cómo profesionalizar el Carnaval, sin despojarlo de su alma.
