El presidente de la República ha claudicado en su proclamado compromiso de mantener un diálogo semanal con la ciudadanía y los medios de comunicación. “A ver quién se aburre primero, ustedes o yo”, bromeó con los periodistas en octubre de 2024, después de asegurar que daría la cara los cinco años de su mandato. No llegó siquiera a la mitad. La realidad apunta a algo más serio: el presidente ha optado por hablar, sí, pero en entornos controlados, sin exponerse a preguntas incómodas. Desde el pasado 18 de junio, las prometidas conferencias semanales han sido sustituidas por inauguraciones, inspecciones y lanzamientos de aplicaciones de citas, actos en los que impone su narrativa y se marcha cuando le da la gana. Pero la rendición de cuentas no consiste en escoger qué explicar ni en convertir la comunicación presidencial en una sucesión de discursos. Quien gobierna debe responder también por aquello que incomoda, aceptar repreguntas y explicar sus decisiones. Evitar ese escrutinio empobrece el debate público y contradice aquel compromiso de diálogo directo que el propio mandatario presentó como señal de transparencia democrática.
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