Panamá entero se mantiene expectante ante el terremoto de ayer, de magnitud 7.5, que se sintió en todo el país, aunque el epicentro está en Azuero, específicamente en Tonosí. Ha sido el movimiento telúrico más fuerte en lo que va del siglo, comparable —si acaso— al de magnitud 7.4 de Bocas del Toro, en 1991, aunque aquel quedó circunscrito a una zona, mientras que el de ahora pudo percibirse en casi todo el país. Por ahora, no se han reportado daños estructurales graves en las torres del país, una señal alentadora que no sustituye las inspecciones técnicas necesarias para evaluar su seguridad.

En medio de la conmoción y la preocupación, este es un recordatorio de que es momento de revisar los planes de emergencia frente a hechos de esta naturaleza. Hay que actuar sin demora, en particular porque ha habido una respuesta inmediata de mandatarios de países vecinos —algunos con mucha mayor experiencia frente a eventos extremos—, con disposición de ayudar. También conviene prestar atención al problema del colapso de nuestras calles, lo cual ya se percibe en cualquier lugar y a cualquier hora (y eso que todavía no ha llegado la Navidad), y a la fortaleza de nuestro sistema hospitalario para atender eventos de esta magnitud. Ante los caprichos de la naturaleza, conviene estar preparados. No deberíamos esperar a que algo más grave suceda.