Durante décadas nos definimos como un país de abundancia: de mariposas, de peces, de biodiversidad única. Esa riqueza natural sigue siendo orgullo nacional, pero hoy también podemos proclamarnos la cuna del flow.
La llegada de los Premios Juventud a la ciudad de Panamá es un reconocimiento a nuestra fuerza musical. No es casual que el Centro de Convenciones Amador (antiguo Figali), a orillas del Canal de Panamá, reciba a las grandes estrellas hispanas: este istmo ha sido semillero de géneros que marcaron generaciones. Desde el reggae en español de Nando Boom y El General, hasta el reguetón que abrió paso a figuras globales; desde la salsa a la que Rubén Blades imprimió su sello, hasta el típico que Samy y Sandra Sandoval convirtieron en fiesta popular.
A esa lista se suman, entre otros, la cumbia panameña, el jazz de Danilo Pérez, el tamborito que late en nuestra identidad y el calipso que nos recuerda nuestras raíces afrocaribeñas.
Sin embargo, la celebración no debe eclipsar lo esencial: Panamá invirtió $5 millones para traer estos premios. Corresponde, pasada la fiesta, demostrar con transparencia si esa apuesta cultural y turística generó beneficios reales.