Panamá vuelve a ocupar un espacio estratégico en la conversación regional. Ser un centro de compras, un hub logístico y financiero, y haber salido recientemente de la lista de la Unión Europea de riesgo de blanqueo de capitales no son logros menores en un entorno global marcado por desconfianza y fragmentación. A ello se suma que el CAF haya elegido nuevamente al país como sede del Foro Económico Internacional América Latina y el Caribe, una señal política y económica que no debe subestimarse.
Esta combinación proyecta a Panamá como un punto de encuentro creíble para el diálogo sobre crecimiento, gobernanza e inserción internacional. No se trata solo de visibilidad, sino de reputación: confianza institucional, capacidad logística y estabilidad en una región volátil.
El reto es no confundir vitrina con transformación. Los foros no sustituyen las reformas, pero sí obligan a coherencia. Si Panamá aspira a consolidarse como plataforma regional, deberá alinear discurso y políticas públicas, fortalecer su institucionalidad y demostrar que puede convertir oportunidades internacionales en desarrollo interno sostenible.
