Esta semana, mientras el mundo conocía los resultados de PISA 2025 y comparaba avances, retrocesos y desafíos educativos, Panamá volvió a destacar por una razón lamentable: su ausencia. Resulta paradójico que un país acostumbrado a aparecer en posiciones privilegiadas de distintos rankings internacionales quede fuera precisamente cuando se mide aquello que condiciona su calidad y su futuro: la educación. Ahora se hacen evidentes las consecuencias de haber renunciado a esta medición: Panamá perdió la trazabilidad necesaria para saber si las mejoras registradas en 2022 continuaron, se estancaron o retrocedieron. Y hay una máxima elemental: lo que no se mide difícilmente puede mejorarse. La carencia resulta más preocupante cuando el Meduca estrena ministro y tanto el Ejecutivo como la Asamblea hablan de una reforma educativa que todavía no se concreta. Panamá volverá a PISA en 2029. Hasta entonces, no puede reformar a ciegas ni esperar la próxima fotografía. Debe medir, corregir y transformar, pero también blindar las evaluaciones para que nunca más dependan de una decisión circunstancial.
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