En medio de la conmoción, hay que reflexionar sobre cómo el terremoto del 9 de octubre ha puesto a prueba —nuevamente…— la vocación, el compromiso, el talento y el ingenio de nuestro personal médico y hospitalario. Son momentos en los que afloran nuestras mayores vulnerabilidades y el miedo, la incertidumbre y la impotencia se mezclan ante los estragos, visibles e invisibles, de la naturaleza. En ese contexto, nuestros médicos y enfermeros se convierten en un refugio de esperanza. Los hemos visto hacer lo que podían con lo poco que tenían, actuando sin demora, llevando alivio a quienes afrontan momentos traumáticos y consolando a aquel que siente que lo ha perdido todo. Son situaciones dramáticas, con hospitales desalojados, salas clausuradas y pacientes en carpas, en contenedores o, en el peor de los casos, en la calle. Con 42 centros de salud afectados por el terremoto, conviene recordar la importancia de fortalecer el sistema hospitalario en cuanto a equipos, infraestructura, personal e insumos. No es momento para pensar en develar placas inaugurales en homenajes póstumos a familiares, sino de ayudar a los que viven este drama, trabajar con todo ahínco en la recuperación, tomar nota de lo vivido hasta ahora y revisar los planes para prepararnos mejor.