San Francisco se ha convertido en el ejemplo más notorio del caos urbanístico de la capital. Sus calles congestionadas, la saturación de los servicios públicos, la reducción relativa y la desconexión de las áreas verdes, junto con los problemas de drenaje, muestran lo que ocurre cuando la planificación se subordina a la improvisación y a los intereses particulares.
El reciente debate sobre el Plan de Ordenamiento Territorial expone esas grietas: se plantea cambiar zonificaciones residenciales consolidadas para abrir paso a más comercios y servicios, como si la respuesta al desorden fuera añadirle más presión a un corregimiento ya sobrecargado. Lo que se promete como modernización podría terminar deteriorando aún más la calidad de vida.
La ciudadanía lo advirtió en las audiencias: sin participación real, el proceso carece de legitimidad. No basta con abrir un salón y contabilizar votos; se requiere escuchar y atender a quienes padecen las consecuencias de un modelo urbano agotado.
San Francisco no puede ser condenado al colapso. Planificar con responsabilidad y participación auténtica es el único camino.