El embarazo en niñas y adolescentes no es una estadística más; es el síntoma de una sociedad que ha aprendido a mirar hacia otro lado. Que en Panamá al menos 21 menores queden embarazadas cada día revela una normalización peligrosa, casi cruel, de una realidad que debería indignarnos. Estamos aceptando, con silencio e indiferencia, que la niñez cargue responsabilidades que no le corresponden, mientras el entorno falla en su deber de protegerla.
El embarazo temprano no ocurre en el vacío. Se alimenta de la pobreza, la desigualdad, la violencia sexual, el abandono institucional y la negación sistemática de la educación sexual integral. Cuando el Estado no llega, cuando la familia calla y cuando la sociedad juzga más de lo que cuida, las consecuencias recaen siempre sobre las más vulnerables.
Seguir relativizando el problema es perpetuarlo. Una sociedad que normaliza el embarazo infantil es una sociedad enferma. Corregirlo exige incomodarnos, hablar con claridad y actuar con urgencia. Proteger a las niñas no es opcional, es una obligación moral que nos compromete a todos.
