Cualquier salida para Venezuela debe pasar, inevitablemente, por la democracia. El régimen chavista —que ejerce el poder de facto— no desaparece por la captura de su cabeza más visible, Nicolás Maduro. Su detención marca un punto de quiebre, pero no sustituye el principio esencial: la legitimidad solo nace del voto.
El mundo lo sabe, y también lo sabe Estados Unidos. Por eso inquieta que, en la conferencia de prensa posterior a la captura, el presidente Donald Trump haya mencionado más de veinte veces la palabra petróleo y ni una sola vez la palabra democracia. Ese silencio dice mucho sobre las prioridades que hoy parecen imponerse.
Los venezolanos ya hablaron con claridad el 28 de julio de 2024. Lo hicieron en las urnas, pese a la represión, las inhabilitaciones y la exclusión deliberada de opciones reales de poder. Edmundo González Urrutia fue electo, y las actas de esa elección reposan en Panamá, como prueba documental de una verdad incómoda que el régimen intentó ocultar, como bien lo ha reconocido y defendido Panamá al exigir el respeto a esos resultados.
La exclusión de María Corina Machado, con liderazgo y respaldo popular evidentes, confirmó que el chavismo no compite: impide. Gobernar con armas no reemplaza gobernar con votos. Sin democracia, no hay transición legítima.