Estar al frente de un Estado, ya sea por mérito propio o por una designación inesperada, implica la necesidad de actuar en todo momento a la altura de las circunstancias. Eso, por supuesto, pone a prueba la capacidad de cualquier gobernante porque, a partir del momento en que toma posesión del cargo, está obligado a procurar el bien común y conducirse de acuerdo con los intereses nacionales y los valores que se supone que debe exaltar una democracia contemporánea. En ese contexto, defraudar a tres millones de cuentahabientes —del país que sea— jamás debió ser motivo para que el presidente de la República de Panamá envíe lisonjas y alabanzas a otro gobernante señalado como uno de los máximos responsables de la insolvencia de una entidad bancaria que afecta a la mitad de la población de otro país. Más allá del alto grado de indolencia que un mensaje así refleja hacia la comunidad internacional en general y, especialmente, hacia más de tres millones de paraguayos, es preocupante que a nuestro máximo dignatario no le importe asociar su imagen con antisociales, algunos más presuntos que otros, indistintamente de la gratitud y el aprecio que les profese en el ámbito personal. La amistad individual nunca debe estar por encima de la responsabilidad institucional. ¿Acaso no aprendió nada de aquellos tiempos de “Mulino es Martinelli y Martinelli es Mulino”?