Que el juicio Odebrecht haya comenzado no equivale a justicia consumada. Es, más bien, el primer paso de un camino largo, complejo y aún lleno de obstáculos. Falta escuchar pruebas, resolver incidentes, dictar sentencias y, sobre todo, lograr que esas decisiones se cumplan. La historia reciente obliga a no confundir el arranque con el desenlace.
¿Tiene la ciudadanía motivos para la esperanza? Sí, aunque moderados. Durante años, la expectativa dominante era que este juicio jamás se celebraría. La estrategia de dilación parecía destinada a imponerse una vez más. Ese pronóstico falló. El juicio inició, y ese hecho, por sí solo, rompe una inercia de impunidad que parecía inamovible.
Ahora corresponde mantenerse alerta. Las defensas no han agotado su repertorio de recursos: nulidades, alegatos de doble juzgamiento, amparos y reclamos de violaciones al debido proceso ya asoman como intentos de fragmentar o interrumpir el juicio. No sería una novedad: antes lograron la prescripción de delitos y la exclusión de exministros.
En este contexto, la jueza Baloisa Marquínez ha mostrado firmeza y control. Su desempeño inicial habilita una expectativa razonable. No es tiempo de triunfalismos, pero tampoco de resignación.