La guerra entre Rusia y Ucrania llegó a nuestras fronteras, y también a las puertas de países vecinos y del cono sur. El horror del conflicto bélico viene disfrazado de oportunidades de trabajo y muchos jóvenes son víctimas del engaño. Miles de dólares son prometidos, pero reciben, a cambio, un baño de violencia que nadie les explica ni describe.
Esos jóvenes que salen entusiastas de sus hogares en busca de mejor futuro, sin entrenamiento físico ni mental, en el mejor de los casos, volverán a casa con las atrocidades de la guerra cinceladas en su memoria, profundamente afectados, traumas que ahora nadie le presta atención, pero cuando retornen –si es que lo hacen– el país no estará preparado para recibirlos: vendrán con dolencias emocionales y mentales. Serán veteranos de guerra en un país sin guerra.
Hoy, esos que van a ganarse unos dólares en combate quizás sean los nuevos reclutados por las pandillas para sus fechorías. Tendrán la experiencia, la voluntad y las condiciones sicológicas para hacer el “trabajo”. El Gobierno parece no entender las consecuencias de todo esto, porque a sus funcionarios no les interesa o no les importa… hasta que el problema estalle en sus rostros.

