Fidel Castro ha muerto. Fue el dictador de Cuba de 1959 a 2006, lo que lo convirtió en el jefe del más longevo régimen tiránico del continente. Nunca se sabrán los miles de cubanos que fueron víctimas de su violencia, sus cárceles y sus purgas ideológicas. Tampoco se conocerá el número de cubanos que murieron tras huir de la isla en balsas o en cualquier otro medio de transporte en busca de libertad. Generaciones de latinoamericanos sedientos de justicia social y rebeldes ante el apoyo injustificable que Estados Unidos le dio a las dictaduras militares del continente, siguieron su ejemplo de guerrillero y revolucionario y se sumieron en el callejón sin salida de la violencia de la cual todavía América Latina no termina de salir. Las aventuras políticas de Castro llevaron a poner al mundo en 1962 al borde de la tercera guerra mundial, por la instalación de misiles nucleares soviéticos que desde Cuba apuntaban a objetivos en todo el hemisferio, incluyendo el Canal de Panamá. Su régimen fomentó grandes divisiones entre los artistas e intelectuales latinoamericanos, que desmejoraron la cultura en la región. Su legado en materia de educación y de salud ha tenido un altísimo costo humano y de las libertades públicas de su pueblo. Su experimento fracasó y los que lo emularon también. Ahora, finalmente, hay una Cuba sin Fidel.