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Si hay algo que no saben los gobiernos es planificar. Gastan millones de dólares para que otros les digan qué hacer, pero en cuanto se los dicen, entonces obran lo contrario. Lo que sí saben es improvisar. Es esto lo que ha convertido la ciudad en un caos, cuya peor parte la cargan los usuarios de las vías públicas, pues son los que deben sufrir todos los días y noches porque nadie planifica la mejor manera de solucionar los tranques que generan las obras dizque para “mejorar la vialidad”. Ningún burócrata se preocupa en saber cuánto le costará a esta gente, directamente de su bolsillo, el caos que arman de forma simultánea con la construcción del Metro, soterramiento de cables, pavimentación de calles, ensanche de vías, obstaculización de calles, reconstruir aceras y los embotellamientos que generan. Todo a la vez, ¡sufra quien sufra! Ejemplos sobran: Se compran buses y nadie pensó en paradas; se construye el Metro, pero después se acuerdan de los estacionamientos, de nuevas paradas, de intercambiadores. Todo sin planificarse, porque “en el camino” surgen las nuevas necesidades. Ya resulta descabellado confiar en que los políticos velen por los mejores intereses de la sociedad.

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