Cada 2 de febrero se conmemora el día internacional de los humedales, jornada que se celebra desde 1997 y que, además, fue proclamada como día internacional por la Asamblea General de las Naciones Unidas en el año 2021. En Panamá, entre su exuberante vegetación, se localizan diversos tipos de humedales, como lo son los humedales estuarinos, lacustres, ribereños, palustres, humedales artificiales y humedales marinos costeros. Este último tipo de humedal es la primera defensa que tenemos los panameños en las costas ante fuertes mareas, tormentas, inundaciones y, sobre todo, los sofocantes efectos del cambio climático.
Entre todos los humedales panameños, los humedales estuarinos sobresalen con sus estuarios, deltas, marinas de mareas y manglares. Los manglares son bosques costeros que crecen en la franja donde se mezcla el agua dulce de los ríos con el agua salada del mar. En Panamá, estos bosques se establecieron gracias a un mecanismo tan simple como eficaz: sus propágulos (semillas vivíparas) flotan, viajan con las corrientes marinas y, cuando encuentran aguas someras, sedimentos finos y el pulso regular de las mareas, “echan raíz” y colonizan nuevas orillas. Con el tiempo, esa colonización natural fue consolidando grandes cinturones de manglar en el Pacífico y parches estratégicos en el Caribe, adaptándose al clima tropical y a los aportes de los ríos. Así llegaron y así se sostienen: donde hay marea, barro y conectividad hidrológica, el manglar prospera; siendo la cuna de diversas especies, un filtro entre la plataforma continental y oceánica y el escenario del carbono azul.
¿Pero qué es el carbono azul? El carbono azul es el dióxido de carbono (CO₂) que capturan y almacenan los ecosistemas de humedales, como los manglares. No se limita exactamente a los troncos y las hojas, sino que la mayor parte termina enterrada en el barro y los sedimentos, donde puede permanecer por décadas o siglos. Por eso, el manglar es más que paisaje, es una bóveda de carbono. Pero cuando se drena, se rellena o se degrada, ese carbono puede oxidarse y liberarse a la atmósfera, contribuyendo al efecto invernadero.
Las destrucciones de los manglares en los deltas y en las costas panameñas son de relevancia. Aunque existen sitios Ramsar como los manglares de Montijo y el Humedal Bahía de Panamá, este ecosistema no escapa de la perversa mirada de los rellenos, urbanización, obras costeras, expansión de las fronteras agrícolas. Sin dejar de señalar las contaminaciones por aguas residuales, basuras, escorrentías con químicos, alteración hidrológica y sedimentación por erosión en las partes medias y altas de las cuencas hidrográficas.
Entonces, ¿dónde está la posibilidad económica en el carbono azul? Panamá presenta dos posibilidades, sea convertir el carbono azul de manglares en beneficios económicos vendiendo crédito de carbón para conservar y restaurar manglares con medición y verificación; o ya sea, a través de palancas financieras para atraer inversiones como seguros, fondos climáticos, bonos o pagos por servicios. Con esto no se trata de vender naturaleza, se trata de financiar la conservación con integridad. Panamá no es ajena a la importancia y los beneficios de un bosque de manglar. El Istmo ya cuenta con marcos, acuerdos y compromisos que habilitan el carbono azul; además, instrumentos de cambio climático y de conservación que protegen y restauran directamente los manglares.
Panamá ya lo reconoce en su contabilidad climática, alineada con metodologías internacionales. Por ejemplo, la Política Nacional de Océanos señala que Panamá busca integrar el carbono azul en el inventario nacional de los gases de efecto invernadero. Esto es importante porque lo que entra al inventario se vuelve medible y defendible en política pública. Políticas públicas que se traducen como zonificación costera y franjas de protección, coherentes permisos entre instituciones, evaluación ambiental que integra la hidrología, hidrogeología, clima, mares, etc. Esto se convierte en un termómetro medible para los conflictos entre comunidades, el sector privado y el Estado.
Los manglares panameños son bosques que trabajan gratis y depende del panameño cuidarlo y aprovechar sus beneficios ambientales. Sin políticas públicas, el manglar depende de la buena voluntad. Con políticas públicas funcionales y ejecutables se administra con reglas, presupuesto, cumplimiento. En los últimos años Panamá ha venido alineando su agenda climática y marina costera (donde se ubica gran porcentaje de los manglares) con restauración, conservación y carbono azul. Pero si se quiere llegar más allá del presente trazado, la ejecución local de municipios para la fiscalización, presupuesto y monitoreo público es imperante.
Geógrafo, Doctor en Recursos Hídricos y Cambio Climático


