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Identidad nacional: verdad que duele, silencio que conviene

Hablar de identidad nacional provoca una incomodidad particular, casi visceral. Basta mencionarlo para que muchos cambien de tema, adopten un tono defensivo o recurran a frases hechas que no explican nada. No es casual: preguntar por identidad es invitar a un país a mirarse al espejo, y los espejos —como sabemos— no siempre son amables. La identidad revela lo que somos y lo que preferimos ignorar, y esa sinceridad suele doler más que cualquier crítica externa.

La primera incomodidad surge porque hablar de identidad exige pensar. Preguntar “¿quiénes somos como país?” no se resuelve con un lema turístico, una postal del Canal ni una consigna emocional. Requiere analizar la memoria histórica, aceptar contradicciones, revisar silencios, reconocer logros y admitir errores. Implica confrontar lo que somos, lo que creemos ser y lo que aspiramos a ser. Ese ejercicio intelectual —que debería ser básico— se vuelve incómodo cuando demuestra que muchas respuestas tradicionales no resisten una reflexión seria.

La segunda incomodidad nace de que la identidad no es un objeto decorativo ni una pieza terminada: es un proceso vivo. Los países no heredan identidad; la construyen, la negocian y la revisan constantemente. En el caso de Panamá, ese proceso ha estado marcado por influencias externas, disputas internas, desigualdades y silencios históricos. Reconocerlo no es rendirse al victimismo, sino asumir con lucidez que la identidad no se consolida desde la negación. Irrita, sí, porque obliga a abandonar la comodidad de los relatos oficiales que prometen unidad sin esfuerzo y orgullo sin revisión.

La tercera razón es más profunda: hablar de identidad implica tocar heridas que todavía generan eco. Intervenciones extranjeras, desigualdad persistente, racismo solapado, fragilidad institucional y jerarquías sociales normalizadas forman parte de nuestra historia. Mencionarlas incomoda porque desmonta la fantasía de un país “listo”, “estable” o “excepcional” sin necesidad de autocrítica. Pero la identidad adulta no se construye con silencios convenientes; se construye con memoria honesta y voluntad de transformación.

La cuarta incomodidad tiene un matiz irónico: cada panameño sostiene una versión distinta de Panamá. Para algunos es un país ingenioso y vibrante; para otros, un territorio siempre por hacer; para otros más, un experimento geopolítico con historia prestada. Esa diversidad debería enriquecer la conversación, pero con frecuencia se convierte en una batalla por imponer percepciones personales como verdades absolutas. Así, el debate sobre identidad se reduce al ruido, y el ruido es siempre enemigo del pensamiento.

La quinta razón es ética: hablar de identidad exige responsabilidad colectiva. Quien define lo que es un país también debe asumir lo que ese país necesita. Esta idea incomoda a quienes prefieren el nacionalismo ornamental que exige poco y disfraza mucho; a quienes creen que amar al país es repetir consignas y no cuestionar nada. Pensar la identidad implica pasar del orgullo simbólico al compromiso concreto, y no todos están dispuestos a dar ese salto.

Finalmente, hablar de identidad molesta porque desmonta el orgullo vacío. Ese que reemplaza argumentos con exaltación, reflexión con susceptibilidad y análisis con defensas automáticas. Pensar la identidad es separar el amor genuino por el país —el que nace del trabajo, la cultura y la ética— de la euforia superficial que evita cualquier pregunta incómoda. Esa distinción hiere egos, no porque ataque, sino porque exige profundidad.

Por eso, hablar de identidad nacional no es una amenaza ni una queja: es un acto filosófico y político necesario. Incomoda, sí, pero también libera. Solo los países capaces de pensarse con honestidad pueden transformarse con inteligencia.

Schopenhauer lo resumió con brutal claridad, no para atacar a nadie, sino para recordar la diferencia entre reflexión y orgullo sin sustancia:

“Todo tonto miserable que no tiene nada de lo que pueda enorgullecerse adopta, como último recurso, el orgullo por la nación a la que pertenece”.

Una invitación —incómoda, ineludible y profundamente filosófica— a pensar quiénes somos antes de pretender gritar quiénes deberíamos ser.

La autora es profesora de filosofía.


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