Pasan los días, años, décadas y siglos durante los cuales se suceden toda clase de hechos y sucesos, muchos de ellos pasados por alto, imperceptibles para muchos, desestimados u olvidados por otros, que por grandes o pequeños que parezcan son la suma de vivencias que todo individuo en su paso por la vida hace de todas las acciones de los ciudadanos de una nación. Historias que contar, pasadas de generación en generación, ya sea a través de anécdotas, leyendas, historias familiares o recopilación de hechos validados sobre informaciones recogidas de bibliotecas y registros confiables sobre los cuales se indaga y validan las mismas, para darles un valor real e histórico que pueda ser pasado a las nuevas generaciones que vendrán y que, reconociendo de dónde vienen, podrán de una mejor manera darle forma a la vida futura del país.
Pero, ¿qué pasa cuando estos anecdotarios solo llegan a las clases más privilegiadas, en formato de textos costosos que, en la mayoría de las veces, no logra acceder el ciudadano común, quien ante la falta de conocimiento pierde de vista la importancia que tienen sus raíces ancestrales, las luchas, así como logros que como nación hemos obtenido? El recorrido no está completo si solo estamos pasando nuestra existencia sobre la base del hoy, porque no reconocemos nuestro pasado para que este sirva como punto de referencia para nuestro futuro, dándole sentido a nuestras acciones, buscando que -lo que haga- sirva para mañana sustentado sobre experiencias del ayer. Lo que hacemos hoy determinará lo que pasará mañana y esto la historia debe encargarse de recopilarlo y transmitirlo.
Entendamos que los pueblos que no conocen su historia están condenados a perder su identidad como nación.
Pero si la identidad es tan importante, ¿cuál es el papel que debe jugar la educación sobre nuestra historia, sobre nuestros jóvenes adolescentes? Esa es la pregunta que debemos constantemente estar haciéndonos.
Últimamente, escuchamos y leemos sobre el pobre resultado que obtienen nuestros estudiantes en los diferentes estudios que se realizan, donde se busca reconocer las debilidades del sistema educativo y cómo mejorar la comprensión en lectura y las matemáticas, lo cual indudablemente es de suma importancia, mas vemos a pocos mencionando la importancia de actualizar los textos de historia, así como impartir sobre la base de estas actualizaciones y valores cívicos tan necesarios dentro de nuestro estudiantado.
Exijamos la actualización histórica de nuestros textos escolares.
¿Cuándo fue la última vez que se actualizaron los textos de historia? ¿Cómo se imparten clases dejando de lado parte de la historia, pretendiendo que esos años nunca sucedieron? ¿Cómo es posible progresar como una verdadera nación, sin la coherencia necesaria para entender que la historia nos enseña y que parte de la maduración proviene de las enseñanzas que esta nos brinda y provee?
En tiempos como los actuales, donde el cambio rápido y constante es la tónica, debemos cimentar los mismos sobre valores y sentimientos de pertenencia, donde ser parte de algo más grande que uno mismo, en este caso la nación, inspire y procure que mujeres y hombres, como parte de su derrotero, trabajen incansablemente en sus logros, cimentados en sólidas acciones como miembros activos de la sociedad, con altos valores éticos y morales, para así lograr que nuestro paso deje como resultado un mejor lugar del que era antes de nuestra llegada.
Educación dejando de lado la historia es como vivir con un respirador artificial donde todo es el hoy, con un mañana sin rumbo. La historia nos brinda la oportunidad de reconocer los aciertos y errores. Lo que hicimos bien y mal, así como lo que nunca hubiéramos querido hacer, ayudándonos a sacar la mejor enseñanza de cada una de nuestras acciones.
El autor es empresario y miembro fundador del Molirena
