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Ignominia

Ignominia

El delito se debe escudriñar sin demoras, con la especificidad que obstaculice el abuso y la desproporción de los métodos, con la justicia siempre al frente y la paz como resultado. El cumplimiento de la condena y la penalización justa deben honrarse con respeto, verticalidad y coraje, sin temblores ni prebendas, siempre inmerecidas, ni trueques, siempre oscuros. De otra manera, la complicidad será la conclusión y, más que la cobardía, la pusilanimidad de quienes juraron cumplir y hacer cumplir las leyes.

Los malhechores, muchos de ellos que pululan libres y ostentosos en nuestras calles, clubes sociales y voluptuosas fiestas vistiendo Prada —porque es moda no ser pobres, aunque sean feos—, siempre seguirán siendo seres humanos con derechos fundamentales que no deben vulnerar ni vulnerarse. No es siquiera que “lo cortés no quita lo valiente”, sino que el castigo al delito no patrocine humillaciones ni otros delitos. Lo detestable es que el Estado haga de malhechores forajidos exiliados o patrocine exilios de forajidos. Y, ni pensar, en fugas masivas o traslados a Coiba, como justificación para más cárceles millonarias, ni siquiera para millonarios.

Ignominioso es el espectáculo de ver detenidos en nuestras cárceles, arrodillados y desnudos, vistiendo solamente ropa interior, no importa su edad ni condición de salud, no importa su delito, no importa su dignidad de seres humanos, ordenados en el piso como ovejas o cerdos. ¿Vergüenza sentirán sus carceleros, el que esposa con arbitrariedad y el que libera por amistad? Los delitos confiscan las libertades, pero no la dignidad humana. Si nuestras autoridades solo encuentran ejemplos de formas de detención en las dictaduras y tiranías, es vergonzoso y reprochable, lo que se magnifica cuando los que visten Prada siguen deambulando y cometiendo delitos a la vista de todos. La sátira no es a la moda, es al modo como hoy se destierra la democracia de nuestro continente.

Imitar a Bukele ya parece una norma dictada desde el techo. Es seguir con la burla y el endeudamiento ideológico y salvaje del Sur, y con las palizas criminales en el Norte. La ignominia del Calvario se repite en nuestros días y en nuestros lugares, de manos incluso de creyentes. Los latigazos, las coronas de espinas, los rostros ensangrentados, los escupitajos, los puños y patadas al cuerpo, la preferencia por arrastrar al detenido en lugar de levantarlo, la burla al dolor y a la dignidad camino a la crucifixión. No parece suficiente la pérdida de la libertad, sino que hay que castigar con crueldad, produciendo horror físico, sangrado como huella digital y demacración moral.

Ni siquiera es necesario, en esta opinión, ir a encontrar el origen de tanto delito y delincuente, de tanta injusticia y carcajada.

La raíz, aunque profunda, se ve en la superficie. La misma sociedad que así castiga es la que engendra y reproduce los delitos. Quien está “en el lugar correcto”, y no pasa desapercibido, goza de privilegios que no hacen justicia ni hombres correctos. Quien está en la otra acera, que se quite la ropa, se arrodille, se hacine en la frialdad de celdas comunes donde gritos vulgares y abusos físicos y sexuales le esperan. Mientras tanto, hablemos del PIB, que el producto de los brutos con los internos no es asunto de nosotros; total, también tenemos quien nos salve de pagar onerosas deudas y terribles asaltos de espanto.

El castigo por los delitos debe honrar otro propósito, que ignoran los políticos y quienes hacen y burlan las leyes. Como advirtiera el Papa Francisco: “nuestra experiencia nos ha enseñado que la visión de la sociedad sobre los prisioneros y el castigo es cada vez más negativa”. La visión unilateral, la de un solo lado, sobre el castigo, impide que el delincuente se reintegre a la sociedad. Pero lo que hoy me impide a mí entrar en otra discusión es la desafiante actitud de lastimar y herir la dignidad del detenido como si de un animal se tratara. El animal es quien lo doblega, el que encarcela bajo estas condiciones y tratamientos tóxicos, vergonzosos e inhumanos. No pocas veces pienso que no pocos encarcelados representan la aldaba que nos alerta sobre todas las injusticias de la corrupción.

El autor es médico.