Era septiembre de 2005 y leía un letrero en el escaparate de una tienda en Manhattan, “If you suspect, terrorism, call the NYCPD”. En ese momento me pregunté qué era objetivamente sospechoso, si mi fuerte acento latino, la textura de mi pelo o bien el color de mi piel. Corrían los años en que el miedo “al otro” era el móvil para justificar cualquier tipo de acción de los estamentos de seguridad pública y migración en Estados Unidos. La imagen fue luego utilizada en la exhibición de fotos que presenté bajo el nombre de One American Journey en el Museo del Canal, luego de entender el profundo impacto de la migración en la construcción de la identidad y la cultura norteamericana.
En nombre de Dios rezaba la presentación de Daridja Buzokovic, joven cineasta serbia, quien nos presentaba ante la audiencia de un puñado de ciudadanos del mundo y que con ella, participábamos de un programa de intercambio profesional patrocinado por el Departamento de Estado de Estados Unidos en 2005. La imagen mostraba la cabeza de tres jóvenes decapitados sobre una calle en una ciudad de Serbia. La intolerancia religiosa derivó, en la antigua Yugoslavia, en la entonces ciudad de Srebrenica, en uno de los más atroces genocidios de finales del siglo XX. Antes de la “limpieza étnica de los Balcanes” precedió la destrucción del puente de Mostar sobre el río Neretva, elemento icónico, Patrimonio Mundial desde 2005. La estructura levantada durante el imperio otomano fue dinamitada en 1993 y desde entonces, símbolo de la matanza de más de 200 mil personas, quienes desde el siglo XV vivían en perfecta armonía cultural y étnica. La intolerancia desató uno de los más atroces crímenes vistos recientemente.
Años antes trataba entonces de entender en Bruselas, la desazón de Paola, al no saber del paradero de Tom, amigo tutsi, quien había viajado en 1994 a Ruanda a visitar a unos amigos. Nunca supimos de él. Más tarde, en 2006, conversando con Paul Rusesabagina, codirector de la película Hotel Ruanda, tuve el atisbo de entender que probablemente Tom fue parte de los masacrados ese año en Ruanda. Más de 800 mil personas fueron asesinadas a machetazos en Kigali en un absurdo y sangriento conflicto étnico entre hutus y tutsis en Ruanda. No he podido reponerme de las imágenes que describió Rusesabagina ante la audiencia de estudiantes e interesados, durante ese conversatorio en la Universidad Estatal Rutgers, en Nueva Jersey. En mi necesidad de entender el conflicto, terminé profundizando en los tribunales de justicia y perdón instalados años después, como forma de converger entre el dolor y la pérdida; iniciativa que en el año de la misericordia el papa Francisco impulsó la promoción del perdón y la reconciliación entre la sociedad ruandesa.
Hoy en el panorama político local y de países de la región, surge como parte del debate el tema del derecho de minorías y las relaciones igualitarias en el plano de lo civil. Comienzan a emerger argumentos agresivos e intolerantes sobre la pertinencia o no de que una mayoría reconozca derechos universales a minorías sociales.
Las pruebas de las experiencias vividas en los últimos años me hacen defender la hipótesis de que sobre la base de la ignorancia, los más virulentos miedos son incubados. Bajo la ignorancia se abriga la intolerancia y de ellos dos nace la violencia y en nombre de la fe las sociedades se fragmentan y se derrumban en trompetas que no anuncian precisamente tolerancia y respeto.
En la diferencia está la riqueza. Ante el conocimiento se derriban los odios. Urge derribar los muros de la ignorancia para dar paso entonces a una sociedad igualitaria que con base al entendimiento y el conocimiento, permita avanzar sobre pasos solidarios, misericordiosos y no violentos; hechos que solamente dejan una brecha de odios, rencores que difícilmente serán superados en décadas por vivir.
El autor es ingeniero