Mi primera clase en la Escuela de Inglés en el Centro Regional Universitario de Chiriquí (Cruchi), hoy Universidad Autónoma de Chiriquí (Unachi), fue traumática. Como el curso era gramática inglesa y completamente en inglés, salí del salón de clases con la clara convicción de que ese iba a ser mi primer y último día en la carrera de licenciatura en inglés. Estaba aterrada y totalmente confundida. No me sentía capaz de poder avanzar porque no tenía ni idea de lo que pasaba en la clase.
Regresé a mi casa con la idea de cambiar de carrera, porque esta iba a ser extremadamente difícil para mí. En un momento reflexioné y me cuestioné las razones que había para abandonar mis planes. Con una educación solo en español y sin nadie con quién practicar este “extraño” idioma, no veía la necesidad de pasar por tanto trauma. Pero, de repente, recordé una frase que escuchaba mucho en mi familia: “Hay que echar pa’ lante como las iguanas”, porque, como se dice también, en mi familia, “de miedo no come el conejo”.
Al día siguiente regresé, determinada a aprender y prestar toda mi atención para saber que escondían esas palabras en inglés que no entendía. Si ya había pasado el examen de admisión, ¿por qué iba a abandonar mis objetivos? Y fue así, con trabajo sicológico, que empecé a asimilar que no iba a ser tan difícil aprender inglés y que tampoco iba a tener que arrepentirme al final. Fue un largo camino de internalizar, comprender y aceptar que debía separar el español del inglés y abrir la puerta a un nuevo mundo lingüístico.
A como iba avanzando, con la ayuda de mis docentes y compañeros de clases, la carrera considerada la más difícil en la Facultad de Humanidades se iba convirtiendo en algo alcanzable. Por fortuna, mis calificaciones fueron tan buenas que logré ganar una beca Fulbright a nivel de maestría en Estados Unidos para la enseñanza del inglés como lengua extranjera. Y este fue solo el comienzo de otro periodo de aprendizaje en la enseñanza misma del idioma. Regresé a aprender, en el aula de clases, que un niño de segundo grado no aprende inglés de la misma forma que un joven de segundo año de secundaria o un adulto que llega, cansado de trabajar todo un día, a un salón de clases a las 7 de la noche. Algo sí tenía claro: tenía que enseñarles que las iguanas no se echan para atrás y que los conejos no comen miedo.
Es por esta razón que no debemos permitir que los estudiantes dejen sus estudios, porque “son muy difíciles” o porque no tienen claro qué metas tienen en la vida. Todo es cuestión de perspectiva, mucho apoyo familiar y escolar y, sobre todo, mucha determinación del propio estudiante para poder llegar a un objetivo. En un mundo cada vez más controlado por problemas de corrupción, desigualdad, desesperanza y descontrol social, no podemos abandonar a aquellos que buscan mejorar con su intelecto y trabajo. En mi experiencia, nada vence el poder del espíritu de superación. Y como se dice en inglés “where there’s a will, there’s a way” o “querer es poder”, tenemos que incentivar el esfuerzo humano alejados de las ansias de poder o las malas influencias. Siempre hacia adelante y sin miedo.
La autora es docente de inglés.
